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05 de Junio de 1999

Las secuelas del éxito

Por Arancha Vega Rubio - 

Joao García se recupera de las congelaciones sufridas en el Everest, en el Clínico de Zaragoza. Ésta es una de las consecuencias de la montaña, y no necesariamente de los ochomiles.

Joao García ha sido el primer portugués que ha conseguido coronar los 8.848 metros del Everest. Pero esta hazaña, además de gloria, le ha traído congelaciones múltiples en nariz, manos y pies. Por eso se encuentra en estos momentos recuperándose de ellas en el Clínico de Zaragoza.

 
Congelaciones de tercer grado. 

La ascensión al Everest la hizo junto con su amigo belga Pascal Debrouwer. Juntos, desde 7.300 metros decidieron hacer el ataque directo a la cumbre sin oxígeno a partir de las 12 de la noche. Se equivocaron de cima y eso les costó un tiempo precioso.

Joao perdió los guantes de altura quedándose tan solo con los de lana, además tuvo que hacer un vivac a 8.500 metros. De esta experiencia ha declarado al Heraldo de Aragón: "Espero continuar, pues hay ochomiles que no requieren escalada en roca, ya que lo que más necesitas es un buen corazón, un entrenamiento adecuado de resistencia y buenas piernas., Si me siento autosuficiente para seguir haciendo alta montaña, lo haré, pero con mucha más prudencia."

Algo parecido sucedió en el Cho Oyu

 
Ampollas de primer grado. 

El escalador bilbaíno Agustín López, que hoy por hoy se está recuperando en el MAZ de Zaragoza, también está pasando por un trance similar.

Su expedición, un grupo de amigos liderado por Josema Casimiro y Mari Abrego, afrontó el Cho Oyu por su vía normal, la ruta común a la del Everest. Durante el descenso Agustín bajada a unos 40 metros de Mari Abrego y ya empezaba a notar la fatiga. Se paró a descansar, se quedó dormido y cayó rodando por un corredor de hielo y rocas. Abrego subió a buscarlo cuando se dio cuenta, pero pensó que se había despeñado, afortunadamente no fue así. Agustín López tuvo que pasar la noche a 45º bajo cero. Al despertarse continuó andando buscando el campo III, pero iba perdido y se lo pasó de largo. Tras un día andando divisó el Campo II, pero no tuvo fuerzas suficientes para llegar, y se desplomó a 60 metros de las tiendas. Al día siguiente fue rescatado por unos montañeros alemanes. Tiene serias congelaciones en las manos y es probable que tengan que amputarle tres falanges de los dedos.

Lo más habitual, es que los primeros síntomas de congelación lleguen a los dedos de los pies, pues la sangre tiene más dificultad para irrigarlos. Al principio no resulta doloroso debido a la insensibilización que producen este tipo de afecciones, pero cuando empiezan a descongelarse, el dolor es terrible. No obstante, pese a una amputación de los dedos de los pies, se puede seguir saliendo al monte, e incluso escalando casi como antes.


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