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04 de Abril de 2002

Robert F. Scott: El honor, la derrota y el fin del mundo (III)

Por Angela Benavides - 
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Robert F. Scott representa como pocos la triste historia, tan humana, de la lucha por el triunfo y de la dignidad en el fracaso: la gloria que Amudsen le negó en la carrera al Polo Sur, llegaría con su muerte. Cuando no se puede ser conquistador, sólo queda ser mártir.

 
De pie, Debenham y Wright; sentados, Taylor y Priestley 

Fue una cuestión de Honor. La Union Jack debía Ondear en el Polo Sur antes que ninguna otra. Era justo (al menos en aquellos tiempos) puesto que habían sido británicos los que más se habían acercado sobre los hielos antárticos. Por eso la jugada de Amudsen fue algo inesperado, que puso furioso a Scott. El noruego había hecho correr la voz de que era al Polo Norte adonde se dirigía, a bordo de un barco de quilla casi plana que el mismo Scott había desechado años antes. Ni siquiera la tripulación de Amundsen sabía hacia donde se dirigían cuando embarcaron, y sólo en una de las escalas se les comunicó el verdadero destino de la expedición y se les planteó la opción de desembarcar. Nadie lo hizo. Amundsen diría luego que, mientras preparaba su expedición al Artico, llegaron las noticias de la conquista del Polo Norte por parte que Peary y Hansen, por lo que no tenía más opción que cambiar de planes y lanzarse a por el último gran problema sin resolver. Había comenzado la carrera por el polo sur. Sólo podía ganar uno.

LOS DUELISTAS:

Las expediciones Noruega y británica tenían muchos puntos en común, pero también diferencias que se reflejarían cruciales en el transcurso de la exploración. En resumen, digamos que la de Amundsen era más ‘tradicional’, mientras que Scott había incluido algunas novedades que, partiendo de anteriores experiencias (más o menos objetivas) esperaba que mejorasen el resultado.

En primer lugar, Scott quería probar un nuevo invento: los trineos a motor. Ni siquiera pudo probar esos prototipos experimentales en Christianía (Noruega), aunque de la experiencia sacó un nuevo compañero de expedición, el local y magnífico esquiador Tryggve Gran, que cambió sus planes de montar una expedición propia al Polo Sur para unirse a Scott. Lo mismo hizo el teniente Teddy Evans, quien además aportó muchos fondos cuando decidió unir fuerzas con Scott, a cambio de ser el segundo en el mando (para tristeza del leal Skelton, que fue así relegado).

 

Otro asunto que el capitán no había podido olvidar era el mal rato pasado con los perros, así que en su nueva expedición decidió sustituir gran parte de estos animales por fuertes ponies siberianos. Amudsen sólo llevaría un gran número de la mejor raza de perros islandeses.

Con caballos, perros, trineos sencillos y motorizados, Scott embarcó en el maloliente y achacoso Terra Nova (usado hasta ese momento para cazar focas y ballenas), junto con Evans, Skelton, Gran y otros expedicionarios, seleccionados de entre más de mil voluntarios que acudieron desde diversos países a la llamada de Scott, probando que es mucho más fácil conseguir intrépidos sedientos de aventuras, que financiación de prudentes banqueros. El resto de la expedición estaba compuesta por:

Cinco componentes de la anterior aventura con el Discovery: los oficiales secundarios Thomas Williamson, Edgar Evans y Thomas Crean, junto con el fogonero jefe William Lashly y William Heald. Los científicos fueron elegidos con cuidado; además de Edward Wilson (indispensable), fueron los geólogos Frank Debenham, T.Griffith Taylor y Raymond Priestley (éste venía de la exploración de Shackleton en el Nimrod); el físico Charles Wright y el meteorólogo George Simpson, y los biólogos Edward Nelson y D.G. Lillie.

Los tenientes de la armada Harry Pennell, Henry Rennick y Victor Campbell; Los cirujanos G.Murray Levick y Edward Atkinson, comandando a otros 26 hombres. Otros voluntarios seleccionados fueron Herbert Ponting (fotógrafo) Apsley Cherry-Garrard, que había donado 1.000 libras para ser aceptado como biólogo asistente; el Capitán L.E.G. Oates, del regimiento de dragones, veterano de la guerra de los Boers y experto en ponies, a cargo de los cuales fue puesto (además de aportar una suma similar a la de Apsley); Henry Bowers, veterano de la India, cadete de Worcester y apodado ‘Birdie’ por su pelo rojo y la nariz ganchuda; y Wilfrid Bruce, también cadete de Worcester, y hermano dela señora de Scott.

En resumen, eran unos buenos compañeros de viaje, pero no estaban entrenados para el Polo. Menos útiles serían aún los trineos a motor y los ponies, que Scott pensaba llevar hasta el pie del glaciar y usar como carne para el viaje de vuelta (Según decía, una expedición con perros no podía comparase a lograr el objetivo con el único esfuerzo de los propios hombres (algo así como , hoy en día, usar oxígeno para llegar a la cumbre del Everest). Todos estos eslabones débiles romperían la cadena precipitando los acontecimientos.

El Terra Nova salió de Nueva Zelanda el 29 de noviembre de 1910, muy sobrecargado y dejando tras de sí un curioso reguero... de sangre. La causa no fue un accidente, sino una espectacular pelea entre las mujeres de los expedicionarios la noche antes de salir. Evans comentó que aquello fue “un combate entre la señora Scott y a Señora Evans que acabó empatado después de 15 asaltos. Que la Señora Wilson se metió en la pelea en el décimo asalto, y que aquello produjo más sangre y mechones de pelo volando que un matadero de Chicago”. Kathleen Scott diría más tarde que “Para la próxima expedición de mi marido, habrá que ser más cuidadoso eligiendo a las esposas de los expedicionarios que a los expedicionarios mismos. O, mejor, prohibir las esposas”.


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