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29 de Noviembre de 2001

Caminando sobre el fuego

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El montañismo y la sismología a veces resultan estar más relacionados de lo que muchos desearían. Existen miles de volcanes activos repartidos por todo el planeta, y muchos de ellos son al mismo tiempo objetivos para los alpinistas. Esto puede ser un peligro, pero también, tal vez, una nueva manera de hacer turísmo científico.

Foto: USGS, Lyn Topinka 
Los volcanes de Chile están rodeados de glaciares 

Lengai, el dios de los clanes Maasai que se mueven por el norte de Tanzania, vive en el cráter de un volcán, el Ondonyo Lengai, un cono perfecto de ceniza que roza los 3.000 metros. Se encuentra alejado de las rutas turísticas habituales, en un paraje abrasado junto al lago Natron. Ver amanecer desde su cumbre proporciona el espectáculo de contemplar cómo el sol (tan rápido en África), baña de luz la llanura desértica, trepa por la inacabable falla del Rift, e ilumina a lo lejos los mares de hierba del Serengueti.

Los turistas "alternativos" que aceptan un viaje infame y un camping aún más infame en mitad de la nada, pueden emprender una ascensión, cuando menos, diferente. Se realiza de noche, para huir del terrible calor que se crea en la zona durante las horas de luz. Sin embargo, el calor no sólo procede del espacio exterior. El interior del volcán se encuentra incandescente, algo que se hace patente cuando, a medida que se gana altura, va creciendo el olor a huevos podridos. Trepar por sus laderas de ceniza supone dar tres pasos adelante y dos atrás. Los supuestos agarres se deshacen entre los dedos. Cuando finalmente se alcanza el borde del cráter, éste se parece demasiado a las puertas del infierno que pintan en los cómics. Se puede descender al interior, entre fumarolas, chimeneas y algún sonido inquietante, mientras una costra blanca y amarilla cruje bajo nuestros pies.

 
El Kilauea, en Hawaii, es el volcán más activo del mundo 

No es una ascensión demasiado exigente... si todo sale según lo previsto. Se calcula que, cada catorce años, el Oldonyo Lengai experimenta una erupción, aunque la última gran explosión tuvo lugar en los años 60. Visto así, podría considerarse una excursión más arriesgada de lo que parece a primera vista. No existen paneles informativos ni centros de control en las cercanías. ¿Cómo saber, para un extranjero que acaba de llegar a ese lugar, si existe peligro real de erupción? ¿No podría haber grietas ocultas bajo la corteza de azufre reseco del cráter? ¿Espantaría esto a los turistas, o atraería a otros por diferentes motivos?

Montañas vivas
La sismología y las montañas son inseparables, puesto que es el movimiento de las placas tectónicas lo que forma las cadenas montañosas. Las placas que chocan y presionan, demás de crear las grandes cordilleras, provocan una tensión sísmica que se desahoga en forma de terremotos y, si existen fisuras de escape, en forma de magma líquido que brota del interior de la Tierra. Muchas de las grandes montañas del mundo son volcanes extinguidos. Otras son volcanes, que sólo duermen.

Un informe norteamericano ha vaticinado desastres apocalípticos cuando la peña Vieja, un volcán de la Isla de la Palma, entre en erupción y cree una Tsunami (una serie de olas gigantes) de 300 pies de altura que afectaría gravemente al Sahara, la Península Ibérica e, incluso, las islas británicas. Sin entrar en esos escabrosos asuntos, lo cierto es que muchos volcanes pueden suponer un peligro, pero también un nuevo aliciente.

Foto: USGS, Lyn Topinka 
El Popocateptl entró en erupción recientemente, y lleva un año cerrado a los alpinistas 

En la reciente erupción del Etna, en Sicilia, seguida minuto a minuto por los medios de comunicación, se tuvo que impedir el paso a turistas que pretendían acercarse demasiado. En esas mismas semanas entró en erupción el Mayón, en Filipinas. La población en ese caso, estaba menos interesada en los datos científicos, luchaba contra el terror que despertaban la lava y las cenizas, que traían recuerdos del desastre provocado por la erupción del Pinatubo en 1991.

En Hawai se encuentra el volcán más activo (y más fotografiado) del mundo: el Kilauea. Se trata de una zona con multitud de grietas y surgencias de lava, y es frecuente planear excursiones a lugares donde puede verse el río de lava fluyendo a pocos metros de nosotros. El famoso Popocatepetl, el techo de México, despertó la pasada Semana Santa. Llevaba cerrado a los alpinistas más de un año, y todavía no se puede acceder a sus escarpadas laderas, porque su nivel de actividad no ha descendido. Los últimos informes, recibidos a finales de noviembre, indican que la zona se encuentra en alarma amarilla, y que ciertas áreas cercanas y carreteras están vigiladas en previsión a un posible corte al tráfico.

Desde México hasta el extremo sur del continente americano, toda la cordillera de los Andes está sembrada de volcanes, muchos de ellos activos, que lanzan continuamente sus señales de humo a modo de advertencias.

Son sólo unos cuantos ejemplos, de algo que resulta exótico para los residentes en zonas sísmicamente tranquilas, pero que forma parte de la realidad cotidiana de muchos pueblos. Se dice que las montañas están vivas, pero unas más que otras. A modo de ejemplo, sirva decir que en los 7 primeros meses de este año se han registrado 28 erupciones volcánicas terrestres de cierta intensidad, repartidas por las 19 regiones en que se divide el planeta, a la hora de clasificar la actividad volcánica.

 
La erupción de un volcán es un espectáculo sobrecogedor 

Objetivo: Chile
Aunque parece algo descabellado que el pico que estaos escalando, de pronto decida escupir cenizas y piedra derretida, lo cierto es que tampoco es imposible. Así, al menos, lo creen en Chile, donde el volcán Villarica es un objetivo tan apreciado por los excursionistas como los científicos. En el centro de vulcanología se plantean, incluso, las posibilidades que un volcán activo y preparado para estallar podría despertar en un nuevo mercado potencial de turistas.

El volcán Villarrica, de 2.847 m, se encuentra en un Parque Nacional que, en sus 16.000 ha., alberga otros dos volcanes más: el Quetrupillán (2.360, activo) y Lanín (3.747, holoceno). El parque nacional, al sur de Santiago y en plenos Andes Patagónicos chilenos

El Villarrica es un volcán de tipo mixto caldera-estratovolcán. Su cráter central muestra claramente el magma líquido, humea y ruge constantemente. Entró en erupción por última vez en el 85, aunque la última erupción explosiva de gran tamaño se registró en 1971. Su posibilidad de entrar de nuevo en erupción es muy alta, y por ello está sometido a constante vigilancia. Se cree que el volcán aún está en su etapa explosiva, es decir, dispuesto a sufrir violentas erupciones explosivas, ya que el último flujo piroclástico ocurrió tan sólo hace 1.620 años (en parámetros geográficos, una fecha muy reciente) y cubrió un área de 2.000 kilómetros a la redonda.

Foto: USGS, Lyn Topinka 
La erupción del Santa María, en Guatemala, liberó una energía muy superior a la bomba de Hiroshima 

Sin embargo, entretanto, puede ser ascendido sin problemas, a través de una ruta directa sobre pedreras y glaciares.

A la hora de ascender un volcán activo, conviene tomar ciertas precauciones, porque ya han ocurrido accidentes. Las cosas no ocurren como las películas. Los volcanes no sufren erupciones monstruosas de pronto y sin previo aviso. Por el contrario, lo que puede poner en peligro la integridad de quienes e encuentren en sus faldas son fenómenos de baja intensidad, como pequeñas surgencias de vapor y gases, microseísmos, grietas, etc. cuyos antecedentes a veces pasan desapercibidos. Sólo un experto que conozca la zona y sea consciente de la evolución sísmica de la montaña en cuestión puede apreciar debidamente si un ligero temblor puede anticipar el peligro, si las fisuras y chimeneas presentan algún cambio, si la presencia de aparato eléctrico puede suponer el principio de una explosión, etc. Por lo tanto, el mejor consejo que pueden seguir los montañeros decididos a subir a un volcán no extinguido, es el que obtengan de instituciones especializadas.

Por otra parte, muchos piensan que el estudio de los volcanes podría despertar el interés de zonas poco frecuentadas por el turismo, atrayendo a un tipo de público interesado por los fenómenos naturales desde un punto de vista científico. Los mismos institutos que estudian y vigilan la evolución de los volcanes, podrían ser los promotores de estas actividades, de manera que personas ajenas a la vulcanología pudieran aprender el comportamiento de nuestro planeta y, al mismo tiempo, disfrutar con el mayor grado de seguridad posible de uno de los espectáculos más sobrecogedores que puede ofrecer la naturaleza.


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